Muchas veces me paro a contemplar, ensimismado, aquello que se desprende de quienes me rodean. Les interiorizo. Observo sus gestos y actitudes; oigo sus respuestas y silencios, lo que dicen y lo que callan, y no puedo más que ver, en una mayoría bastante aplastante, cómo éstos se dejan gobernar hasta un último punto por el sinsentido. No se trata ya de una importante irracionalidad que debemos considerar, la de los sanos sentimientos: vara de medir de nuestro espíritu, eje fundamental en nuestras vidas que debemos continuamente escuchar; no, no es eso. Lo que no paro de ver es una clara falta de sentido en sus acciones, dirigidas a ninguna parte especial, hacia ningún proyecto futuro, olvidándose de quienes realmente importan: ellos mismos.
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En este caso, la palabra inercia es la adecuada para definir a las gentes de nuestros tiempos. Avanzan, sí, pero en punto muerto, sin marcha alguna. Si acaso, se frenan en un momento dado pero no para contemplar las vistas y disfrutar del camino recorrido, no para reflexionar y echar la vista atrás o para decidir hacia donde dirigir ahora la flecha del avance. No. Lo hacen por pura pereza, por un agobio ante la mínima adversidad, ante lo que no hacen más que parar para quejarse y aplazar el momento en que han de pasar el bache, escalar ese risco o soportar la más mínima incomodidad.
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Miradas extraviadas, cabezas gachas, risas inútiles, bromas malas... todo como burdo consuelo en ese mundo aparte que han creado; peligrosa burbuja de realidad fatal, pretendidamente paralela, donde asentarse y establecerse buscando todavía un extraviado lecho materno en que ser consolados, en que encontrar la justificación a las vaguedades e inutilidades que ellos mismos se han provocado. El cinismo, el autoengaño continuo y tan superficial, forma un placebo que nunca podré aceptar como verdadero. Lo que más me llama la atención de éste es si realmente les funcionan; si, después de insistir en sus mediocridades, llegan a creerse tanto más irreprochables cuanto más se justifican. Si han logrado de verdad crear ese mundo feliz donde vivir aislados de toda realidad.
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Así que, ¡yo les animo a que los descubran! Pónganles a prueba, cara a cara con la olvidada miseria que abunda en el día a día, esa miseria que rehúyen despreciablemente, y veran brotar en esas caras aburridas, sin genio, sin gracia, un destello de verdadera vitalidad, de chispa. Puede que sea el temor o el miedo lo que expresen sus facciones pero será definitivamente verdadero. No para de resultar triste el hecho de que existan personas que mueran totalmente infelices, sin conocer, sin tratar, sin vivir lo más mínimo. Al final, a quién suelen afectarle más éstas cosas es a mí. Me dan pena. Los ingleses tienen un dicho muy sensato:
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"I've got to get this feeling out my chest"
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Y es que es allí, en mi pecho, donde surge éste continuo dolor que es difícil contrarrestar. Por esto mismo, como sugieren los ingleses, yo también lo saco, lo exteriorizo y lo comparto; pensando que en ello, tal vez, radique parte de la cura.
