miércoles, 22 de abril de 2009

Locura

Si escuchásemos a un loco en un momento de viva lucidez. Si percibiéramos su hálito sincero salido de lo más profundo de sus entrañas. Si, y sólo si, nos alejásemos por un momento de la normalidad, del protocolo y pisasemos los sueños siendo capaces de percibir y atender su íntima franqueza, tal vez seríamos capaces de llegar a una especie de extraña verdad. Se sentará a tu lado y te observará con sus hundidos ojos de borracho, con su pérfida barba, su desaliñado aspecto, referiréndose a ti con sincero apego, cálido aliento callejero y cierto brillo en la mirada.

-¿Sabe por qué soy tan feliz, señora? Porque hago mucho el amor.

Y el autobús frenará de nuevo en la misma parada y, balanceádose, el andrajoso guiñapo se precipitará al exterior y, una vez fuera, durante un instante, se volverá hacia ti y te mirará y saludará ladeando un ápice la cabeza, conociéndote mejor de lo que te ha conocido nadie, incluso tú a ti mismo. Y será entonces, entonces únicamente, cuando alguna vieja, sentada en su asiento aferrada a su bolso, mirará desde sus cristales escépticos cual lechuza relamida y acallará ese deplorable comportamiento entre su grupo de conocidas, untando con tácito ungüento aquel lance que invitaba a mirar al abismo.

-Se siente demasiado solo, ¡qué pena!

Pero quién sabe. Será quizá después, cuando inexorablemente pasen los meses y los años y suceda que, tal vez, esa lúcida mirada sea la que llegue a apoderarse de nuestro rostro y sean otros los viandantes o ciudadanos, otros hombres, los que nos miren avergonzados o perplejos a través del cristal. Y entonces, sonriendo paternalmente, serán nuestros los divinos ojos los que miren directos a los suyos sabiéndonos ya conocedores, dentro de nuestra locura, de aquella verdad absoluta.


"La razón de la sinrazón que a mi razón se hace"
Miguel de Cervantes