lunes, 15 de diciembre de 2008

Vomitando verdades

Aquí me hallo de nuevo, señores, impelido por la fuerza de la inspiración que la lectura produce en mi receptiva mente. Reflexiono, pues, sobre un dilema. El carácter de éste se expondrá a continuación por lo que ruego al lector que proceda a ejercer su función y, en su conclusión, tenga la bondad de participar en un debate abierto que crearé después de la narración de mi historia. Así pues, el derecho democrático de voto se ejercerá por medio del comentario final y es posible que el resultado de la encuesta dé como fruto la capacidad de poder influir realmente en mis actos... ¡la democracia nunca fue tan maravillosa!

Estaba yo, pues, un buen domingo (o sábado, no recuerdo bien) deambulando cómoda y plácidamente por los cuartos de la casa de mi padre en un fin de semana que me tocaba estar con él. Mi hermana, estudiante industriosa de medicina, se encontraba recluida en el salón ejerciendo el a veces olvidado o distorsionado papel del estudiante: estudiar. Mi padre había salido a hacer recados por lo que sólo quedaba yo, arriba en la pirámide jerárquica, como elemento activo en la toma de decisiones respectivas al hogar. Vagaba, dije, por mi cuarto y el pasillo cuando, de repente, sonó el timbre. Aquello me indujo a un cierto extrañamiento ya que a nadie esperábamos ese día, ni teníamos relación con ningún vecino más que la que marca el no aprendido protocolo de las formas, y era además pronto para que volviese mi padre ya que acababa de salir. Dejando así los papeles y bolígrafo con que me estaba entreteniendo y a la vez que me peinaba un poco para darme un aspecto algo más presentable que el que mis estrafalarias pintas en el día del Señor (pantalón de pijama incluido) me otorgaban, procedí a abrir la puerta. Una chica joven, con pintas un tanto "chonis", se apoyaba en la pared en una pose de forzada informalidad con su correspondiente sonrisa forzadamente jovial, como de colegueo:

_¡Hola! -dijo después de reirse sin motivo aparente-.

_ Ehhhh...¡hola! -contesté yo tras unos segundos (o una cómica eternidad según mi hermana) que necesité para tratar de ubicarme ante la nueva situación-.

_¿Qué tal?

_Bien.

_Jajaja, me alegro. ¿Hay alguien mayor de veintiún años en tu casa?

_Ehhh...-de nuevo eternidad-, no.

_¿No? -preguntó prolongado su cuello y abriendo sus ojos en gesto de asombro mientras miraba mi barba sin afeitar, el pelo despeinado y una voz que denotaba que mi edad del pavo, lo menos, ya había pasado.

_Bueno, tengo veintiuno.

_¡Ah! Pues me vale igual.

A partir de ahí comenzó a hablarme de Unicef y de un proyecto de colaboración con los niños del Tercer Mundo en el que podía participar. El discurso parecía memorizado o ya dicho más de mil veces pero lo cierto es que la chica "choni" que de cerebro en principio parecía carecer algo de él tenía, además de un sobrado desparpajo y una buena capacidad de improvisación; por cierto, elementos muy útiles para trabajos de venta directa. Todo esto a la vez que comencé a percatarme de que a su izquierda venía acompañada por un compañero de estética similar, algo más alto que ella, con el pelo rizado y gestos, por lo que pude comprobar, ciertamente afeminados. La labor de este secundario en el discurso se dedicó a matizar y remarcar las afirmaciones éticas por las que su socia me trataba de convencer de la bondad del acto de participación solidaria, a la vez que reía con una risa nerviosa y molesta los guiños, bromas y vaciles de falso colegueo que ella me endosaba con una gracia sutilmente persuasiva. Yo, por mi parte, opté casi desde el principio por escuchar críticamente todo cuanto la simpática choni-girl me estaba diciendo, tratando de encontrar el pie cojo de su teoría de colaboración con la ONG para rebatirla sinceramente y con argumentos que mostrasen mi intelecto capaz de llegar a razonamientos abstractos a los que su baldía mente no era capaz de llegar. Partí, de este modo, desde una incierta posición que yo consideré de superioridad en lo respecto a mi formación universitaria. El palo y mi trato de prepotencia aleccionadora me saldría, más tarde, por la culata.

Entonces, una vez que mis ideas estaban ya listas para refutar sus tópicas teorías expuestas en su conferencia (durante la cual su esperpéntico camarada no había parado de darle al interruptor de la intermitente luz del pasillo cada vez que ésta se apagaba), por lo que dicté mis nobles ideas:


_Vale, me parece muy bien, pero yo es que estoy en contra de todo esto.

_¿Cómo que estás en contra de todo esto?

_Sí. De estas maneras, de estos modos... no estoy de acuerdo por el hecho de que vengáis directamente a las casas para rogar dinero. Creo que eso lo debería hacer Unicef directamente sin necesidad de mandar a nadie para obligarle a que pague. Creo que es algo que debe salir de cada uno porque sino pierde totalmente su significado.

Tal vez no dije esto con estas mismas palabras, pero las ideas fundamentales que traté de exponer desde mi brillante intelecto de niño bien querían significar algo parecido. Mi cuerpo tembló de cierta emoción al haberme atrevido a dar semejante respuesta aun a riesgo de parecer un carcamal inmoral condenado por la entera opinión pública general; sin embargo, también es cierto que creo que soné poco convincente, y eso motivó la siguiente respuesta:

_ ¿No estás de acuerdo en que se ayude a salvar a miles de niños del Tercer Mundo de hambre y que se colabore para el desarrollo de las partes pobres del planeta?

Acorralado bajo el tópico...¡Ay, si lo hubiera sabido!

_Lo que digo es que no estoy de acuerdo en las formas. No creo que sea (me salió la palabreja) moral el hecho de que se realice así, mendigando.


Ambos horteras pero bondadosos colaboradores se me echaron encima con sus blancas carpetas atacándome con unas miradas que denotaban escarnio público y escándalo por ignominia. Sobre todo, en lo que respecta al afeminado componente encargado del mantenimento lumínico, hasta ahora casi callado, que comenzó a descargar toda su afeminada furia en una frase contundente con la ya inherente carcajada histérica posterior:


_Si lo hacemos es porque con nosotros, Unicef, consigue unos resultados del cien por cien.


La cosa ya empezó a hablar de porcentajes, es decir, se ponía seria, trascendía, y ante todo esto nada pude hacer ya que mi genial teoría ilustrada de niño rico acabó por los suelos en un momento y, con ello, toda mi posibilidad de defensa. Entonces empezó el abordaje de los caritativamente lucrativos trabajadores hasta tal punto que entraron en el recibidor de casa, donde continuamos la ya desnivelada discusión. Me estuvieron explicando que eran de una compañía de márketing subcontratada por la ONG para que, mediante este programa de pasada de rastrillo de puerta en puerta, lograsen sacar el dinero que por medio de otras campañas como las televisivas nunca conseguían. Se enorgullecían de su labor y su trabajo de una manera tan convincente que acaba siendo más fácil la aceptación que la negativa. La chica hasta pareció comenzar a coquetear conmigo, con las susodichas risotadas de trasfondo, adulándome con su labia e invitándome a que donara lo "que no me costaba nada" a los niños. Empecé ya casi a sentirme más o menos realizado y convencido a la idea. Debo recalcar el casi porque todavía sentía dentro de mi que algo no estaba bien. Mi extrañamiento moral puede ser, como dijo Tólstoi, síntoma de buen juicio en el individuo. De esta forma, sin estar todavía del todo convencido, movido más por un sentimiento de culpa impuesto y una pena por los dos pobres empleados que tanto empeño estaban poniendo en su humilde trabajo, accedí.

_¿Cúanto quieres donar?-preguntó la chica.

_Mmmmmmm... pues...-hice cálculos mentales de mis ingresos y mis gastos-, unos 5 euros.

_Nacho (ya me llamaban por el nombre de pila, principalmente por culpa mía), mira eso es muy poco. Con eso no se llegan casi a cubrir ni los gastos de papeleo. Deberías aportar un poquito más. La gente suele aportar unos quince euros.

_Ya, pero yo es que casi no tengo dinero.

_¡Venga, hombre! Si eso es casi lo que te cuesta una copa; ¿qué prefieres, gastarte una copa o contribuir con tu ayuda a los que más lo necesitan?

_A ver, yo también soy pobre.

_¡Venga, Nachete! (eso ya me molesto algo aunque no lo exteriorizase) ¡Que no te cuesta nada!

_Bueno, errr... está bien. ¿Qué tal 10 euros?

_¡Eso ya está mejor! pues mira, tienes que poner tus datos... firmar aquí y aquí...

Me apoyé sobre la pequeña mesa del vestíbulo, al lado de la bandeja de las llaves, para firmar y establecer por escrito mi participación de 10 euros al mes a cobrar a partir de diciembre. Mientras realizaba esta operación que todavía me irritaba, la chica me dijo que me llamarían dentro de unas dos semanas para confirmar mi pago por teléfono. Me pidió que por favor hablase bien de ella al teleoperador que me llamase, de sus buenas cualidades, ganas y buen oficio. Yo ya me encontraba ineludiblemente simpático, tratando de autoconvencerme del bien que estaba haciendo, cuando entregué ya la hoja cumplimentada y aceptaba la donación de la décima parte de mi paga mensual a un proyecto que apenas había sido explicado, y a una ONG de la que no tenía más información que la de un roñoso panfleto de contenido escaso y que todavía no había procedido a leer.

_¡Muchas gracias, Nacho! Y que sepas que lo que estás haciendo es muy bonito.

A lo que no pude más que responder agachando la cabeza y sonriendo tímidamente mientras despedía a estos dos falsos amigos. Cuando se cerró la puerta, no sentí más que un profundo dolor en el pecho, como si me hubieran engañado aprovechándose de mi buena voluntad. A las dos semanas volvieron, efectivamente, a llamarme. Habiendo pensado sobre ello accedí por segunda y última vez a la petición y el dolor volvió a brotar del mismo modo...

Semanas más tarde, descubrí esta lectura que ahora me saca de mi perplejidad y me inspira a escribir todo esto algunas razones, quizá ya intuidas, de mi escepticismo. Resulta que las ONG se han dedicado muchas veces, sobre todo las de mayor tamaño, a situar su discurso de solidaridad desde una posición siempre éticamente superior, asumiendo hablar en representación de todas las conciencias del mundo. Crean así pláticas moralizantes consideradas siempre verdaderas que caen en superficiales tópicos como: "Siempre ha existido un primer mundo porque ha habido un tercero", "Colaboremos por la paz en el mundo", "Ayudemos a los pobres", etc. Así, muchas veces se crea el efecto contrario, el de banalizar estas importantes ideas. Las ONG tienden a cubrir lo que dicen ser defectos de la ineficaz acción estatal y, aun siendo corporaciones o grandes asociaciones sin ánimo de lucro y muchas veces de dudosa efectividad, afirman sus principios como incuestionables, indiscutibles y válidos entes a riesgo de caer en la mayor de las condenas éticas: la indiferencia. Todo pasa a asentar una concepción maquínea de la realidad. Posiblemente este simplismo fue el utilizado como argumento por aquellos dos "voluntarios" subcontratados solidariamente a una empresa de márketing para obtener mi beneplácito. La acción de las ONG cubren una función de la que debía ocuparse el Estado, sobre todo desde una cada vez mayor perspectiva globalizada. Sin embargo, muchas veces son las propias Organizaciones No Gubernamentales las que deforman todavía más la verdadera eficacia de la acción social. Los campos de refugiados que actualmente hay en el Darfur, por ejemplo, en los que nos encontramos con una enorme cantidad de seres humanos apátridas y en tierra de nadie porque reniegan de un país en guerra y, asímismo, son rechazados con duras leyes contra la inmigración por parte de aquellos países que paradójicamente aportan Fondos para la Ayuda al Desarrollo para ese Tercer Mundo marginado. Las ONG no hacen más que contribuir a mantener esa situación de no pertenencia. Tal vez traten de ayudar pero pueden perjudicar más de lo que parece a priori. Además ¿quién controla a éstas asociaciones?

En fin, ahora me hallo aquí, todavía algo indeciso sobre qué hacer. Dentro de unos días comenzará a efectuarse el primer gravamen por parte de Unicef en mi cuenta. ¿Qué camino tomar? Espero que el lector sepa contribuir con su opinión al debate tratando de llegar a un fin determinado sobre el que decidiré, democráticamente, con ayuda de todos.

Abrazos



2 comentarios:

El Comediante dijo...

qué historia tan bonita! lástima que esos 10 euros no puedan hacer nada por ayudar a los niños de África en comparación con el dinero que sacan subastando sus culetes en cualquier Casa de Nueva York... siempre y cuando la ONG sea de verdad y no un invento de unas rumanas que se hacen las sordomudas!

Fernando A. Ramírez Martínez dijo...

10€ al mes. Lo que significa que estás intercambiando (no sé si seguirás llevando a cabo dicha donación) tomarte un Lagavulin en Mazarino —real, tangible y próximo— cada dos meses por algo que ni conoces, ni puedes tocar y que, de llevarse a cabo, está sucediendo a decenas de miles de kilómetros con gente con la que no tienes ningún vínculo ni mercantil ni cultural.

Y además a través de un proxy, con todo lo que ello implica.

Mis pesquisas van avanzando.