martes, 27 de octubre de 2009

Con Gilbert por Manhattan

¡Felicidades! Ya eres parte de ello. El club de entrada desluce como una lóbrega casa de putas pero es lo mismo. Ya has entrado. Y en tamaña gruta cochambrosa te reciben con una displicente bienvenida que apenas roza el monosílabo. Nada más entrar te ves rodeado de caras largas que no dejan de parecer sino grises máscaras desconchándose a pedazos, precipitándose contra el suelo de la misma forma que lo ha ido haciendo tu ánimo al irte acercando a semejante lugar. Desde lo alto de la puerta trasera, de pronto adquieres el dudoso honor de poseer una vista amplia y privilegiada del cubículo. Se hallan todos. No falta nadie. Todos fueron fieles y puntuales a su cita: "A pedir pan y vino vienen siempre las ratas" piensas, y media sonrisa se asoma, complaciente, en tu rostro. Observas y compruebas que efectivamente nadie falta: Funambulistas del llanto, malabaristas del sentimiento, videntes de feria, fanáticos apocados, locos de respuestas fáciles, románticos desbocados, payasos de sonrisa falaz, doctos maestros en filosofía barata, putas despreciables, pusilánimes arrastrados, señoritos domesticados, fantasmas imperceptibles, viles cucarachas, perros sin bozal, chulos de mierda, pícaros descarados, altivos condescencientes, zorras egoístas, gente indocta, gente incivil ... Todos forman parte del conjunto, de esa masa despreciable a la que no puedes dejar de mirar en una mezcla hipnótica de curiosidad, tristeza y espanto. Miras y no puedes dejar de centrar tu atención al verles juntos en su pocilga retozando como los sucios puercos que siempre han sido todos ellos. Como aquel voyeur que nota palpitar en su pecho el impulso de mirar por la cerradura. Como aquel que fija su mirada en un cuerpo vivo consumiéndose en llamas. Todo arde. Ascuas y tizones se serpentean por los más insospechados vericuetos, ¡estamos en llamas!
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Así, desharrapado, echo jirones, arrastrando los pies y el alma, bajas y te diriges cabizbajo a sentarte del lado de aquellos que son ahora tus compañeros, tus camaradas. Vergüenza inefable la sentida al haberte rebajado a su talla. "Yo que corría alto y libre en corcel blanco por praderas verdes y cielos azules, ¡tan alto y tan libre como altas y libres son las cotas de la virtud y la belleza!", clamas ahora al cielo desalentado y enervado como un Blas de Otero. Pero, del mismo modo que el agraciado poeta, de arriba no llegan más respuestas que la que se escuchan cuando sopla el viento.

Ya, más calmado, recogido en ti mismo a la manera de los enamorados, balanceando tu copa sobre la mesa de la barra, te abstraes en pensamientos e invocas a la diosa razón alimentando a esa nerviosa pescadilla que nunca parece tener más apetito que el de su inalcanzable cola. Dando rienda suelta al bucle, que no hace más que girar la tuerca de la cerrazón, prosigues durante un rato que se hace eterno. La mirada fija en la copa vacía que jueguetea entre tus manos. Empiezas, parece, a asumir tu nueva condición.

_"Bebe porque eres feliz, no porque seas desgraciado", dice de pronto una voz que te sacude del trance y te saca rápido de la oscura cueva de tu mente.

_"¿Perdón?"

_"Disculpa, supongo que ha sido un tanto brusco, me presento. Mis amigos me suelen llamar Gilbert", y una sonrisa se dibuja en el rostro de un hombretón de grandes dimensiones. Alto, rubicundo y afable. Algo similar a un gigantudo bonachón con cara de holligan pero de mirada penetrante e inteligente. Tan enormes y anchas eran sus dimensiones como holgado era el buen humor y la humanidad que emanaba de su carácter. "Por tu cara yo diría que no te encuentras muy agusto por estos lares..."

_"Ya he tenido que recalar aquí alguna vez, supongo que tampoco ésta será la última. Si te soy sincero odio este sitio. Cada vez que acabo aqui no pienso en otra cosa más que en salir cuanto antes. Este no es mi lugar, pero supongo que es un paso necesario. Un alto en el camino. Todos tenemos un mal día. Todos hemos caído alguna vez en un lodazal. Ahora toca levantarse y..."

El hombretón que te examinaba atento a través de sus anteojos victorianos y con el pelo oscuro rizado medio caído sobre su frente ceñuda estalla, de pronto, en una curiosa carcajada salida como un eco de lo más profundo de sus cavidades orgánicas. "¡Conque un lodazal eh? Bonita manera de llamarlo. ¿Ahora lo llamáis así? Jajaja"

-"Bueno, a ver... supongo que hablo así porque estoy cabreado. No será un lodazal pero lo cierto es que este sitio me apena, me hastía. Es un sitio muy triste. No podría vivir feliz ni desarrollarme conviviendo con gente como ésta. "

_"¿Cómo ésta?" Pregunta con las comisuras de los labios comenzando a ascender en un gesto simpático y casi paternal.

_"Sí... no sé. No hay más que ver sus caras, sus actitudes, sus modos... Ellos tienen sus intereses, yo los míos. Somos diferentes. No somos todos iguales. Ellos son como son. Supongo que es una pena pero es así."

_"Creo que ya sé a lo que te refieres" Y haciendo una pausa, antes de continuar, Gilbert agarra su vaso de pinta tostada llena hasta la mitad con su gruesa mano y la termina, con sorprendente presteza, en un par de tragos. "¡Ah! Siempre he pensado que la verdadera Universidad es la buena conversación con una cerveza al lado... Bueno, vayamos ahora contigo. Acabas de conocerme pero te diré que el hombre con el que estás charlando en estos momentos es terriblemente... supersticioso podríamos decir. Te lo diré con la confianza con la que se dicen las cosas dos personas que se acaban de conocer: creo firmemente en el diablo. ¡El diablo está por todos lados! Entre ellos... cerca de nosotros, acechándonos... o incluso ahora dentro de ti mismo. En todo momento busca penetrar en nosotros y encauzarnos hacia fines espurios. Y espero que no pienses con ello en ese personajillo rojo que con cuernos, cola y tridente te persigue para que ardas en el infierno pinchándote como un emparedado. Me refiero al demonio, a lucifer, ¡a satanás!". Espetó el enorme hombre poniéndo especial énfasis abriendo sus pequeños ojos tras sus anteojos victorianos, pero sin abandonar el tono, entre cómico y serio, que había dominado todo su discurso. "Por cierto, cuando hablabas antes de ellos ¿Te referías algo así como que de alguna manera son individuos inferiores, vulgares, débiles quizá?"

_"No me gusta descalificar a nadie pero sí, supongo se podría llamar así. Gentes como estas abundan por doquier. No digamos débiles, digamos... gente corriente. Sí, gente vulgar, la gente digamos normal. Extraños en alguna forma. Ellos tienen sus intereses, muy respetables supongo, pero yo me siento alejado de todo ello. Por eso te digo que no podría vivir toda mi vida entre gente así. Ortega y Gasset hablaba del hombre masa... algo así. Tampoco llego a lo del superhombre de Nietzsche... pero vamos"

_"¡Bah! Nietzsche siempre ha sido un hombre de lo más molesto... particularmente molesto debo decir. ¡Dichosa sociedad que se hace llamar moderna y que no hace más que andar hacia atrás cada vez más! Estás tan perdido en ti mismo y en el mundo como lo están todos los que se hallan detrás nuestro y que tanto criticas... o casi todos. Alguno queda todavía resistente al bramar bravucón de la ola moderna, especímenes raros sin duda, pero existentes. O quizá ya ni eso, tal vez ya no quede más que el destello ocasional. Una luz lejana y fugaz; anhelo rutilante de una estrella muerta hace eones..." Ahora el gran hombre se levanta y encara su enorme figura hacia el multitudinario objeto del discurso. Al levantarse del taburete descubre su vestimenta: un traje negro, elegante pero extraño, salteado de divertidos ribetes azulados y coronado con una pajarita de tonos rojizos, formando todo una estampa de lo más imaginativa. Extiende sus gruesos brazos formando un amplio arco que abre hasta dejarlos caer, de nuevo, sobre su redonda barriga antes de emitir un corto pero hondo suspiro, antesala de la declamación. "Míralos. Están tan perdidos que carecen de respuestas auténticas y van saltando de solución en solución, cada una más estrambótica, absurda y rebuscada que la anterior. Son gente acomodada, que vive en sí misma. Han perdido la noción de la magia de lo cotidiano y buscan esa magia en lugares ocultos e hinóspitos. Salen de su casa y recorren miles de kilómetros y lugares en busca de su hogar. Van a un país exótico de nombre extraño para salvar a la última especie en peligro de extinción o evitar la tala del último árbol del Amazonas pero hace tiempo que no se preocupa por la altura del césped de su jardín, ni sabe como se llaman los árboles que embellecen su barrio. Aunque desconocen el nombre de su vecino, salen impulsivamente de su casa para ayudar al pobre niño africano que acaban de ver en las noticias en un afán solidario por entender y combatir el sufrimiento ajeno. Entienden el matrimonio sólo en la medida en que existe el divorcio. Encienden un cigarrillo y en seguida apagan la cerilla sin pararse a contemplar el encanto del fuego que tenían entre sus manos. Hacen planes rimbombantes, construyen edificios descomunales, desarrollan teorías complejas hasta para la cocina que llaman 'de diseño' y, sin embargo, nunca se han parado de verdad a contemplar la fantástica forma de una lechuga. Todo cada vez más rápido, vertiginoso. Sólo tratan a la gente que les es grata y cómoda y no se paran a discutir sus diferencias, lo que de verdad piensan y defienden, con el carnicero o el frutero con el que se topan a diario. ¿Tu has nacido alguna vez?"

_"Me imagino que es una pregunta retórica", respondes con rapidez.

_"Obviamente en el sentido en que estás pensando, pero no en el sentido que yo busco. Bien, ¿qué es nacer sino aparecer de pronto entre un grupo de extraños que te abordan efusivamente y a los que tú no conoces de nada? Personas con las que tú pareces no tener en principio la más mínima relación y vínculo inicial aparente pero que después resultan ser maravillosas para ti. Una mujer te recibe con lágrimas en los ojos de emoción, otro hombre te mira con ternura y te ataca directamente colmándote de atenciones de toda clase, otra pareja normalmente más torpe te busca, encuentra y comienza a acosarte diciendo ser tus tíos, y así un desfile de tamaño variable en función de cada individuo. Pues bien, podríamos decir que de alguna manera ¡estamos naciendo continuamente! Cada mañana nos cruzamos con alguien desconocido, nos sentamos al lado de alguien y ni siquiera le miramos a los ojos y le saludamos. Bien cierto es que se hace un ejercicio imposible en estas grandes urbes. Ese es un particular aspecto que yo, personalmente, cambiaría en la organización de los barrios de las ciudades. Pero eso ya es harina de otro costal."

_"Bueno... ¿Y?"

_ "¿Cómo que 'Y'? Maldito terco ¡Mira a tu alrededor! Mira a la cara a esos a los que crees masa u hombres inferiores. Apiádate por ellos. Ellos han visto algo que tu no has visto, has captado algo que ha ellos no les llega. Díselo, ¡házselo ver! Uno tiene la obligación de darse a conocer a los que tiene al lado. Ya has visto su rostros entristecidos, faltos de ánimo, faltos de verdad. Enseñales esa luz oculta que sólo tu conoces, no rehúyas de ellos sólo porque ellos no lo han captado, no te sientes en ese acolchado asiento junto con uno de esos molestos grupos de déspotas intelectuales que sólo saben mirar altivamente, enunciar en voz alta la frase compleja y sofisticada de turno, e irse a su casa tan escocidos como lo han estado toda su vida. La respuesta a todo quizá venga de un aire etéreo algo difícil de apreciar de primeras pero sin duda ¡hay que creer en la verdad! Sólo hay que tener un poco de fe en las personas", termina diciendo, con una clara sonrisa llena de vida, optimismo y humanidad.

Y por tu parte, en una respuesta de alguna manera esperada, como Woody Allen en Manhattan, al final no puedes más que mirar a cámara y sonreír en un gesto evidente de apiadado sarcasmo.

<<El escepticismo es el camino previo a la fe>>

Oscar Wilde (famoso escritor moderno de frases tan falsas como ciertas)


1 comentario:

El Comediante dijo...

Mi oficio, mi trayectoria y mi reputación me obligan a soltar la frase compleja y sofisticada de turno:
"No hay mayor soberbia que la falsa modestia"

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